Oda a Ramón García Romero

Dormitaba Al Nasir. El siervo del Misericordioso, el que había combatido victoriosamente por la Religión de Dios. Se adormecía el Califa de los Creyentes, era su cabeza un loco discurrir, recuerdos deshilvanados a rachas traídas, como aquellas de viento del norte en la suave, cálida mañana de otoño cordobés.

Aquel rincón, mezcla de alto alminar e íntima azotea, entre un apretado matorral de almendros y olivos, había sido el lugar favorito de Azahar. Azahar, ¿cómo era? Hacía tantos años, Intentaba recordarla. Necio afán. Sus rasgos, sus formas queridas se desvanecían, como de humo en la profundidad oscura de su memoria.

Cada tarde, a lomos de una acémila, se hacía llevar hasta la entrada de Madinat al-Zahra. Sobre la puerta, aquella lejana primavera él la había ordenado copiarla a unos canteros gallegos en rojo granito. Fue, ahora lo recordaba, unas semanas después de la nevada. Le había vendado los ojos y, al líbrarlos del pañuelo era todo un gesto de sorpresa, de risas y de lágrimas, Estaba la sierra nevada de almendros, como sus Alpujarras, como su nevada sierra de Granada.

Apenas amanecido dos esclavillos de piel sonrosada y rubia melena, sobre unas parihuelas de fina taracea, cubierta con una alfombrilla de seda subían hasta el alminar un hermoso cofre al que el paso del tiempo y el roce suave de las manos habían dado una pátina de transparencia irreal, desvanecida. El artista había forrado la estructura de madera con una fina piel a la que había adherido una leve hoja de plata, Delicadamente el buril había grabado todo un mundo, toda su fantasía, de Edén o Paraíso de ramas y de flores, de estilizados animales y pájaros exóticos. El color limpio y transparente, como de vitral remataba aquella locura de ritmos y geometrías, de Arte.

Bullía Córdoba a aquella temprana hora. El Zoco era un hervidero de colores, de gritos, de olores. Entre la muchedumbre jugaban a mercaderes, anónimos bajo las amplias capas pardas con capucha. Regateaban unas monedas de cobre con el vendedor de botijos rezumantes, con el de velones de latón brillante para alumbrar las cenas.

El guadamecilero vivía a mitad de una calleja del barrio judío. En la penumbra del emparrado patinillo hacía fresco. Zureaban unas palomas al borde de la fuen+ecilla, Le había refrescado la frente, las mejillas, el cuello…

—Señor, es mi más bella obra, tomadla, Quiera Alá, el Todopoderoso que ella sea la depositaria de vuestras promesas, del secreto de la Eterna Felicidad, que así sea. Mirad, apenas abierta, esta pareja de mecánicos pájaros cantores os despertarán con sus trinos inimitables. Ni en Bagdag vióse nunca cosa parecida. ¿Y este laberinto de cajoncillos? Estos para las joyas, éstos para perfumes, para mágicos conocimientos son éstos y éstos para las cuentas de las noches de amor…

Reía Azahar tomando el Joyero perfumado de betún, de cera, de gomas. La seguía hasta la calle la mirada oscura del guadamecilero.

¿Lo viví o lo he soñado? ¿Fruto de mi imaginación desbocada en una noche de Córdoba, o, del placer de la contemplación de estos maravillosos guadamecíes de Ramón García Romero?

Cristóbal M. TOLEDO

Pintor-poeta